Article d'Anna Domingo

 

Especialista en Psicoterapia humanista centrada en la persona, Psicoteràpia basada en l'intel.ligència emocional, Aduls i adolescents.   

 

ELLOS NO TIENEN LA CULPA 

El pasado mes de octubre, tras un largo periplo de 25 años por 3 de los países más poderosos y, valga la redundancia, más ricos del mundo, volví a Barcelona y me encontré con el proyecto ESPORA. Había vuelto por fin a mi ciudad natal con varios objetivos personales en mente, uno de ellos muy claro: devolverle a mi país, fuese cual fuese su nueva identidad, algo de lo que yo había adquirido en el extranjero. No me considero por ello excesivamente generosa, sencillamente me parece lógico y de sentido común ayudar a los demás si tu situación así lo permite. Ayudar donde hace falta. Así, tal cual, sin más.

Me encontré con un país de apariencia lujosa y moderna, con unas infraestructuras privilegiadas en comparación con otros países europeos. Un país atractivo, orgulloso de su nuevo concepto de civismo. Un país con gente simpática, cariñosa, cercana y hasta entusiasta. Los barceloneses y el sol otoñal se convirtieron pronto en un bálsamo para mi alma, tras 5 años de convivencia con distantes parisinos entre eternas humedades en la ciudad más bella que conozco.

Descubrí con alegría que las nuevas generaciones de Barcelona tienen mucho que ofrecer; muchos recursos como la flexibilidad, la simpatía auténtica, esa seguridad en si mismos que nosotros tuvimos que adquirir en la edad adulta. Expresan alegría y siguen unos códigos éticos que en nuestra época no tenían valor. Pero pronto también descubrí que los jóvenes de Barcelona lo que tienen son muchos títulos y habilidades pero muy pocas perspectivas.

Lentamente, pero sin piedad, voy atisbando lo que hay detrás de la ciudad de la playa y la alegría con la que mis amigos del norte sueñan.

Detrás de esa superficie calurosa y despreocupada que, después de tantos años en el norte, me recuerda incluso al trópico, me encuentro con una realidad cruda, dramática, incluso cruel, y conocida por todos los que nos criamos aquí, educados por los sobrevivientes de una dictadura en una democracia inmadura. Los que nacimos aquí sabemos lo que es la injusticia social y la ciudad sin protección del estado y recordamos la Barcelona de antes, la que no tenía el aeropuerto de lujo con suelos de mármol más bonito de Europa.

Sin embargo, más allá de ese espejismo de mármol y la oleada de turistas disfrutones sigue existiendo la otra Barcelona. Es la Barcelona de la eterna injusticia. Ya he tenido ocasión en estos meses de toparme con ella otra vez. Una vieja conocida que deseaba muerta. Ya he podido enfrentarme con el destino de muchos individuos que se han convertido en víctimas de esa eterna y conocida desigualdad que parece que no conseguimos sacarnos de encima. Se nos pega al cuerpo como una sanguijuela. Sigue aquí 25 años más tarde. ¡Maldita injusticia!

Entre los desafortunados de la sociedad de Barcelona hay un colectivo que por la características de su problema está condenado al olvido y por consecuencia a la exclusión. Me refiero a las personas que padecen de algún problema emocional, mental, psíquico o como queramos llamarle para que asuste menos. En realidad se trata de todas esas personas que sufren de tristeza crónica, miedo exagerado, que han sido maltratadas, cuya autoestima se ha visto dañada…

¿Por qué nos cuesta tanto colaborar con un proyecto que se dedica a ayudar a estas personas?

Antonio Damasio, profesor de neurociencia en Los Ángeles, escribe sobre la emoción, la razón y el cerebro humano y observa el siguiente fenómeno (1995): ”las enfermedadesmentales, sobre todo las que afectan a la conducta y a la emoción, se consideran inconveniencias sociales de las que los que las sufren tienen que responder en gran medida. Los individuos tienen la culpa de sus fallos de carácter y de su modulación emocional defectuosa. Se supone que el principal problema es la falta de voluntad.”

Esta creencia tan arraigada refleja según Damasio una ignorancia básica de la relación entre cerebro y mente. La ignorancia descrita por este autor podría explicar en parte la falta de comprensión y de solidaridad hacia este colectivo, pero yo me atrevo a hurgar un poco más en el origen y me aventuro en el delicado mundo de las emociones para intuir que la enfermedad mental o su versión más “light”, las emociones desagradables, nos producen miedo. Es el miedo a algo desconocido, algo a menudo vergonzoso e íntimo. El mundo de las emociones es volátil, opaco e intangible y, entre todas ellas, la peor, la que más miedo da, es el miedo. Sí, tenemos miedo y tenemos miedo a tener miedo.

El miedo nos avergüenza y nos paraliza. Intentamos controlarlo, reprimirlo y esconderlo porque sobre todo, nadie debe notarlo.

Sin embargo, a pesar de nuestro intento desesperado por rechazar, controlar o más bien reprimir los afectos, o tal vez precisamente por ese intento forzado y fallido de rechazar en vez de acoger nuestro rico mundo emocional, tenemos un alto riesgo de padecer un trastorno digno de diagnóstico. Según diversos estudios científicos, entre el 5 y el 8% de la población necesitan como mínimo una consulta anual con un psicoterapeuta y la tendencia va en aumento.Cualquiera de nosotros, independientemente de la edad, la situación económica y la inteligencia, está en riesgo de sufrir un problema emocional que requiera psicoterapia. Si la situación económica del país favorece la injusticia social y priva a la gente de una vida digna, entonces el riesgo aumenta y precisamente esto es lo que está ocurriendo. Un ejemplo: Pep, 49 años, formación de animador social y empleado del ayuntamiento y diferentes organizaciones durante años como dinamizador. Persona competente, formal, amable y con un código ético impecable se encontrará dentro de un mes (tras unos meses de plan ocupacional) sin subsidio de paro puesto que lo agotó hace 3 años. ¿Dónde vivirá? ¿Qué comerá? Me confiesa en una de la sesiones de terapia dentro del proyecto Espora que le da vergüenza ir a los comedores y a los albergues…

En este caso el diagnóstico es ansiedad y depresión. Si Espora no le ofrece apoyo psicológico no sabemos qué ocurrirá con él.

Hasta ahora nos habíamos ocupado del riesgo de exclusión social y de la reinserción laboral de personas que habían sido recluidas en centros penitenciarios, que habían tenido que ser hospitalizadas o que tenían discapacidades físicas o mentales. Ahora hay que añadir a estos grupos un nuevo grupo de personas: el ciudadano de a pie que antes de la crisis económica estaba integrado en la sociedad. Es decir, el vecino de al lado, el sobrino, nuestro dentista o el joven que tiene muchos diplomas y pocas perspectivas.

Se nos presenta pues un nuevo reto. Tenemos, además de la labor de reinsertar a los que en su momento tuvieron que aislarse del mundo, un nuevo reto: evitar la exclusión de las personas que todavía tienen un pie en la sociedad. Exactamente este es el objetivo del proyecto ESPORA. De ahí la importancia de su implicación.

El estado de ánimo y la salud mental de los individuos no es un tema solamente personal e íntimo cuya responsabilidad podamos eludir. La salud mental de nuestros conciudadanos es un bien preciado que hay que cuidar con esmero, porque de él depende el futuro. Nos incumbe a todos.

La riqueza, la salud mental y el bienestar de una nación van unidos y no se alcanzan solamente con una economía sólida. Todo está ligado en un sistema de interacciones y retroalimentaciones continuas. No podemos descuidar ningún elemento de ese sistema porque en ese caso fallaría el engranaje.

ESPORA es consciente de ello y cuenta con un equipo de competentes psicoterapeutas conscientes de la gravedad de la situación y con el valor de cambiar las cosas.

Apelo desde aquí a su consciencia, les animo a hacer un ejercicio de reflexión y atención, a mirar, aunque solo sea un momento, hacia su mundo emocional para conectar unos segundos, honestamente, con su propia vulnerabilidad y llegar así a la esencia de las cosas: el mundo interior. En él encontrarán de todo: gratitud, empatía, generosidad, solidaridad y, cómo no, también entrarán en contacto con el temido miedo e incluso rozarán la tristeza, antigua o actual. Sea lo que sea que encuentren habrá valido la pena porque les ayudará a ser más humanos, más auténticos, y a avanzar como personas. Solamente si somos capaces de este pequeño ejercicio de toma de contacto con nuestra propia esencia, conseguiremos construir un mundo mejor.

 

Anna Domingo, Sant Pol Julio 2016